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El síndrome del trabajador quemado, comúnmente conocido como burnout, es la consecuencia de una situación estresante llevada al límite en el ámbito del trabajo, en donde la gestión tanto laboral como personal no se desarrolla de una manera óptima y la persona que lo sufre comienza a tener síntomas físicos (como dolores en diferentes partes del cuerpo), psicológicos (cambios en el estado de ánimo, profundo cansancio, de ánimo) y relacionales (problemas en casa, con la familia), entre otros. Se trata de una situación de desgaste llevada a un límite en el que la persona afectada no solo rebaja el rendimiento laboral, sino que se pueden ver afectadas prácticamente todas las áreas de su vida.
¿Cuáles son los factores de riesgo?
Uno de los principales factores de riesgo es la sobrecarga laboral, es decir, hacer más de lo que la persona puede gestionar en términos normales. Por parte de la empresa, donde la carga de trabajo es superior a lo que debería, donde no se tiene en cuenta al trabajador y se le da más trabajo y responsabilidades, donde no se le ofrece una autonomía o no hay una claridad en cuanto a sus funciones y dificultad hacia la conciliación familiar. Por parte del propio trabajador, por una alta autoexigencia o inseguridad que deriva en hacer más de lo que puede abarcar, muchas veces procedente de la necesidad de ser visto, de un miedo a perder el trabajo o del posible juicio hacia uno mismo.
A nivel personal, toda esta autoexigencia, inseguridad y cansancio puede dar pie a cambios en el estado de ánimo, lo que nos puede volver más irascibles y menos pacientes. Trabajar bajo estas condiciones desarrollará una desconfianza hacia nosotros mismos y nuestras aptitudes a la hora de trabajar ya que, si siento que no soy bueno en mi trabajo, y fallo (debido a mi situación), aparecerá la “profecía autocumplida” que me indicará que, efectivamente, no soy válido para mi puesto.
Paralelamente, todos estos factores pueden incidir en la relación con los compañeros, generando conflictos y competitividad malsana, acrecentando la mala gestión y relación laboral, y pudiendo llegar a darnos la sensación de que se nos ve como inferiores, desarrollando interpretaciones de los demás hacia nosotros y haciendo que entremos en un juego en el que quizá solo estemos jugando (y, por ende, sufriendo) solo nosotros.
Y yo, ¿sufro de burnout?
El primer punto pasa por darnos cuenta de que, efectivamente, nos encontramos ante una situación de desgaste laboral. Es importante no identificar este hecho como una debilidad de cara a “no he sido lo suficientemente fuerte/apto para este trabajo”. Somos personas y, como tal, podemos vernos desbordados en diferentes momentos de la vida. Lo verdaderamente valiente es poder verlo y actuar ante ello.
Trata de identificar factores en los que sientes que el trabajo está ganando la pelea. Ayúdate de preguntas como:
– ¿Me gusta mi trabajo? ¿En algún momento me he sentido cómodo en él? – ¿Qué me cuesta tanto de mi trabajo? ¿Tengo opciones para hacerlo de una forma diferente que me genere menos sufrimiento?
– ¿Qué sentido tiene para mí lo que hago? ¿Me siento útil o reconocido por el trabajo que realizo?
– ¿Es toda mi vida el trabajo? ¿Siento que puedo desconectar cuando no estoy en horario laboral?
– ¿Quién soy yo cuando no estoy trabajando? ¿Qué valor tengo como persona si elimino el factor de mi profesión?
– ¿Se ve afectada mi vida personal debido al trabajo? ¿Cómo ha cambiado esta área desde que me siento así?
Intenta responder a estas preguntas en un momento de calma, lejos del trabajo, en un espacio cómodo en el que poder explorar qué te dice tu cuerpo cuando te expones a ellas. Se honesto y trata de observar verdaderamente qué te hacen sentir cada una de las preguntas junto con las respuestas.
Otro ejercicio que puede ayudarte pasa por localizar situaciones en las que puedes intentar “rebajar” en el trabajo, como responsabilidades, exigencias o incluso trabajo que no te pertenece o trabajar fuera de tu horario laboral.
Cierto es que, dependiendo del trabajo que se trate, hay puntos que no se pueden llevar a cabo, dadas las condiciones laborales o personales, y esto también repercute negativamente en todo este proceso. Como en el caso de un negocio personal, en donde yo soy mi propio jefe, aquí puedes plantearte preguntas como: ¿mi negocio necesita realmente que le dedique tantas horas? Si no es así y te sientes quemado, ¿por qué continúas? Tomar conciencia de ello y decidir qué quiero hacer con esto también forma parte del proceso de darme cuenta de mi situación actual.
¿Qué puedo hacer para que esto no se dé?
Lo primero de todo es empezar a darnos cuenta de cómo me siento en mi trabajo, qué me aporta Vs qué me genera malestar. Como todo, el trabajo va a darte ambas partes, así que:
– Haz una balanza de lo bueno y lo malo y pregúntate: ¿me compensa?
– Pon límites. Aprender a decir que no, ya sea porque no te corresponde o por simple amor propio.
– Habla con otras personas de confianza que puedan darte una mirada externa, otra visión, que quizá pueda orientarte en algún otro sentido.
– Asegúrate de tener una rutina saludable en la que separes el trabajo de la vida personal y en donde, en la medida de lo posible, no te lleves el trabajo a casa. Genera espacios para ti mismo, cultiva hobbies y relaciones sociales, y sigue avanzando a nivel personal sin que el trabajo repercuta en ello.
– Si aún con esto, sientes que te encuentras al límite: ¡pide ayuda! a tu entorno, a tus compañeros de trabajo o a tu jefe. Pedir ayuda suele ir asociado al miedo al juicio, al qué dirán si me ven flaquear pero, lejos de que pueda ser un acto de debilidad, el precio de no decir nada es más alto.
Carl Rogers, dijo en su libro “El proceso de convertirse en persona”: “La curiosa paradoja es que cuando me acepto tal como soy, entonces puedo cambiar”, y es que el cambio real nace de la aceptación de uno mismo, tal y como somos, y como tal merecemos permitirnos ser fuertes y vulnerables, cansados y con ganas de comernos el mundo, con un objetivo claro o con la sensación de estar perdidos sin rumbo. La verdadera fortaleza reside en el acto de mirar hacia dentro, ser congruentes con nosotros y pedir lo que realmente necesitamos. Es una realidad que, para la mayoría, el trabajo es una obligación más que una elección, y también es una realidad que hay personas que no llegan a encontrar su vocación, lo que dificulta aún más poder llegar a sentirse cómodos en el entorno laboral. Del mismo modo, cada persona tiene su propia realidad basada en sus necesidades, situación personal, problemas económicos, por lo que a veces no podemos permitirnos rebajar la carga de trabajo si así lo deseamos. Sin embargo, está bien querer esforzarnos por mejorar, ponernos metas y objetivos para demostrarnos que avanzamos, pero el trabajo no puede ser el centro de nuestra vida a largo plazo: Toma consciencia de que estás quemado y actúa en consecuencia. “Trabaja para vivir y no vivas para trabajar” es una frase llena de realidad que a veces queda en la teoría, haz de esta frase una práctica.




