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Podemos denominar androfobia al miedo intenso y mantenido en el tiempo hacia personas que son percibidas o se identifican como hombres. Es decir, no se trata únicamente del miedo a los hombres, sino que incluye el temor a lo que representa o simboliza social y culturalmente la figura masculina.
Qué es la androfobia y cómo se manifiesta
Como se mencionaba anteriormente, la androfobia es un término que significa fobia o miedo intenso hacia la figura masculina. Aunque es un concepto del que se está hablando desde ámbitos como la sociología y la psicología, no es un término reconocido oficialmente a nivel clínico, es decir, los manuales de diagnóstico en salud mental no lo contemplan como fobia específica.
Principales causas del miedo a los hombres
La androfobia implica un aprendizaje o asociación entre la figura masculina y la sensación de peligro o amenaza. Es decir, este miedo implica asociar la figura del hombre a una amenaza o peligro intenso lo cual provoca que la persona despliegue su sistema de alerta para hacer frente a esa amenaza cuando la sienta cerca. Este despliegue en el sistema de alerta es un proceso fisiológico y emocional que, como ocurre en otras fobias, suele desencadenar temblores, taquicardia, sudoración, sequedad de boca, pensamientos acelerados, pánico y congelación/bloqueo, entre otras.
Hay muchas causas que pueden generar este aprendizaje fóbico y lo normal es que no haya una única causa que lo provoque. Entre las causas que suelen estar detrás de este miedo encontramos las siguientes:
1. Experiencias de trauma con la figura masculina. Es importante entender que existen distintos tipos de trauma.
En primer lugar, en el trauma tipo I, la persona puede haber vivido situaciones en las que ha sentido que su vida o integridad física estaba en riesgo, como por ejemplo experiencias de maltrato físico o abuso sexual.
Otro tipo de trauma, llamado trauma relacional, ocurre cuando la persona vive situaciones que, si bien no son necesariamente de naturaleza violenta, implican una vivencia emocional que puede ser de abandono, denigración, manipulación o rechazo que atentan contra su sensación de protección o valía personal. Este tipo de trauma será más acusado si la persona lo vive de forma reiterada en el tiempo. Suele darse en épocas más tempranas con figuras de apego, como por ejemplo un padre o un cuidador, pero también se da mucho en el transcurso de una vida con parejas o amistades íntimas.
Por último, existe lo que se denomina trauma secundario, que consiste en desarrollar síntomas de trauma por haber estado expuesta a vivencias traumáticas ajenas o al sufrimiento experimentado por parte de otros de forma repetida o muy intensa. Puede ocurrirnos, por ejemplo, cuando una persona querida o muy cercana vive una situación traumática. También es un trauma frecuente en profesionales que se exponen repetidamente al sufrimiento y trauma de otras personas. Un último ejemplo sería cuando nos exponemos a historias o vemos imágenes impactantes o traumáticas a través de los medios de comunicación de forma reiterada.
2. Razones culturales y sociales respecto a la figura masculina. Vivimos en una cultura patriarcal desde hace siglos, y esto implica que la figura masculina ha estado históricamente asociada al poder, la autoridad así como a la violencia o el dominio. La androfobia en muchos casos no surge por una vivencia aislada, sino que se construye sobre un contexto social marcado por la desigualdad y la violencia estructural.
Si bien hemos avanzado en muchos aspectos, los datos actuales sobre la violencia ejercida por parte de hombres, especialmente hacia las mujeres, reflejan una realidad que asusta. Según la OMS, una de cada tres mujeres ha sufrido violencia física o sexual por parte de su pareja o de otra figura masculina a lo largo de su vida. Según datos del INE, el 33,2 % de las mujeres mayores de 16 años ha sufrido violencia (física, sexual o psicológica) alguna vez en su vida. El 40% de las mujeres han sufrido acoso sexual en algún momento de su vida. Todo esto genera una percepción de amenaza constante. Es decir, no se trata de un miedo irracional, sino de una reacción adaptativa ante un entorno que ha demostrado ser peligroso para muchas mujeres.
Además, la forma en que los roles tradicionales de género niegan al hombre el derecho a mostrarse vulnerables no solo afecta a los propios hombres, sino que también altera cómo se construye la figura masculina en el imaginario colectivo, generando una idea del hombre deshumanizada, violenta y carente de emociones.
Cómo tratar la androfobia con ayuda profesional
Sabemos que cada persona es un mundo, y que las características y la gravedad del trauma y de la persona que sufre de androfobia van a determinar el curso de su recuperación. Cuando este miedo se agudiza, lo más beneficioso sería poder acudir a un profesional de la salud mental. En Estar Contigo tenemos experiencia en este tipo de miedos y podemos acompañarte gracias a nuestra terapia psicológica online. De cualquier modo, queremos darte algo de luz para que avances en el proceso y este miedo no se apodere por completo de tu vida.
En primer lugar, aunque sea doloroso, te ayudaría echar un poco la vista atrás y ver si ciertas situaciones y vivencias que has tenido han podido influir en este miedo. Hablar de lo que nos duele o nos ha hecho daño en un lugar seguro y de confianza puede ser enormemente terapéutico. Necesitamos procesar el trauma y, para ello, nos ayuda hablarlo y exteriorizarlo. Es decir, darle palabras y conectar con el dolor que sufriste. Permitirte validar tu dolor y exteriorizarlo juega a favor de tu amor propio y ayuda a superar la culpa y la vergüenza, emociones que por desgracia muchas veces están asociadas a estas vivencias. También puede ayudarte escribir sobre lo que sentiste y lo que sientes a día de hoy y cómo afecta a tu vida respecto a esas vivencias.
Por otra parte, te propongo darte la oportunidad de conocer a figuras masculinas, empezando por personas que te generan confianza y seguridad, para descubrir que, por suerte, la mayoría de hombres son personas empáticas y buenas.
Por último, y quizás más importante, no ridiculices o minimices tu miedo ni permitas que otras personas lo hagan. Acorde con los datos que antes te daba, sabemos que las mujeres no están exentas de peligro. Ser consciente de esa realidad duele, pero también necesitamos normalizar ese miedo. A veces lo que llamamos “evitar” o “huir” no es cobardía, sino protección. Protégete si lo necesitas, pero te invito a no permitir que el miedo se apodere de tí y a darte la oportunidad de romper ciertas barreras al ritmo que necesites. Y sobre todo, acompáñate y date mucho amor en el proceso, apoyándote en quien necesites.




